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La Casa y el palomar de Caseros

Los jardines del Colegio Militar contienen dos construcciones declaradas Monumentos Históricos Nacionales, se trata de la Casa y el Palomar de Caseros.

Más allá de ser destacados referentes de la arquitectura colonial, la importancia de las mismas viene dada porque fueron mudos testigos de trascendentes hechos de la historia argentina como la Batalla de Caseros en 1852,Casa de Caseros antesala de la Constitución Nacional, o las negociaciones previas al Pacto de San José de Flores celebradas en 1859, que conducirían a la unión y pacificación definitiva del país.

A principios de siglo, un destacado historiador, Martiniano Leguizamón, describió estos solares con las siguientes palabras:

"La vista exterior del palomar, con sus dos pisos circulares y uno interior independiente que sobresale a manera de torre nos da la idea de tan ingeniosa construcción -maravilla de su época- en que los nichos para las palomas se formaron con cuatro grandes ladrillos superpuestos como pilastres y dos atravesados, que servían de techo y piso al nido superior, hasta llegar a la altura de la cornisa. El edificio raro y hermoso produce la impresión de alguna fortaleza secular, cuyas paredes, sin revoque, han resistido las injurias del tiempo. Allí anidaban y anidan aún millares de palomas".

"A un centenar de pasos -prosigue Leguizamón- estaba la casa de Caseros; un edificio cuadrado y macizo, de azotea, con ventanas de tejas voladas y amplios corredores en dos frentes. En uno de los ángulos, una escalera interior comunicaba con la pequeña torre del mirador, sobre la que se erguía una hermosa cruz de hierro, forjada a martillo, con su flecha y banderola. Tenía ésta un agujero de bala…".

Las primeras referencias a estas propiedades se remontan al siglo XVII con una merced de tierras vacas otorgada por el gobernador Hernandarias a Miguel de Rivadeneyra. Con el tiempo estos terrenos comienzan a pasar por las manos de sucesivas personas hasta que en 1781 fueron adquiridas por Diego Casero, constructor de la casa y cuyo apellido dará origen al nombre de esta región lindante a la ciudad de Buenos Aires.

En su testamento, al referirse a esta propiedad, Casero escribió: "La casa nueva -la hice en 1788-; se compone de 24 piezas, oficinas y pasadizos, un almacén de 35 varas de largo y 8 de ancho, con ventanas y rejas de hierro y lapacho, y sus corredores para resguardarla de la humedad. Separado de las casas el palomar y el gallinero, y en medio de ellos un pozo con pilón de material para la hacienda. En el patio interior de la casa, un aguar muy sobresaliente que sólo sirve para el gasto de los habitantes y el riego del jardín".

Posteriormente estos campos pasaron a la Administración de Temporalidades, en pago de una cantidad de dinero que adeudaba D. Diego Casero; y más tarde a sus últimos propietarios, la familia Pereyra Iraola, cuyas herederas, las señoras María Luisa y María Antonia Pereyra Iraola, resolvierion donar al gobierno nacional diez El Palomar de Caseroshectáreas de tierra con destino al Colegio Militar de la Nación. En su carta de intención señalaron que en las tierras donadas estaba incluido "el Palomar de Caseros, reliquia histórica que por la tradición que representa desearíamos fuera de propiedad de la Nación". El 18 de marzo de 1912 se firmó la escritura correspondiente ante el escribano general de Gobierno.

Se concretaba así la posibilidad de dotar al Colegio Militar de las instalaciones adecuadas a sus necesidades e importancia, que fueron inauguradas años más tarde, en 1937.

Distintos testimonios afirman que la casa, que supo ser hospital de sangre de las fuerzas de Juan Manuel de Rosas, había sido demolida parcialmente después de la Batalla de Caseros, y que posteriormente había sido abandonada por lo que se vio seriamente deteriorada.

Durante el tiempo que demoró la construcción del edificio del Colegio Militar se restauraron el Palomar y lo que quedaba de la casa histórica sin alterar la fisonomía de los mismos. Se utilizaron en la reconstrucción los materiales derruidos y otros similares preparados expresamente. En la casa se mantuvo el aspecto externo, aunque se hicieron pequeñas modificaciones en el interior.

La última restauración que data del año 1992, gracias al esfuerzo conjunto del Colegio Militar de la Nación, de la Comisión Nacional de Museos, Monumentos y Lugares Históricos, y de la Municipalidad de Tres de Febrero, permitió reabrir la Casa cuyas distintas salas conforman un Museo Histórico que actualmente es visitado por numerosas delegaciones.

La sala de mayor significación es la denominada "de Reuniones Preliminares del Pacto de San José de Flores"; en ella una placa señala que en ese solar el 5 de noviembre de 1859 se reunió la Primera Conferencia de Delegados y se fijaron las bases de la pacificación nacional que culminó con el Pacto de San José de Flores.

En las habitaciones bautizadas como Caseros, de Armas, Organización Nacional y Campaña del Desierto existen documentos, piezas iconográficas, uniformes y otros elementos históricos de valor, inicialmente reunidos por gestión del Dr. Enrique Udaondo en la década del ’30. La tradición oral cuenta incluso la existencia de parte del mobiliario original de la casa de Rosas en Palermo.

Se conserva la fachada original con la galería del frente, sobre la cual se abren la puerta del salón principal y sus respectivas ventanas, y las correspondientes a otras cuatro salas pequeñas. A la izquierda se yergue la torre se sube a ella por una estrecha escalera de madera, ubicada en el interior de una sala lateral. La galería que daba hacia el patio central de la casa ha sido cerrada, constituyendo ahora una habitación más; se entra desde el exterior por una ancha portada de madera dura.

El jardín interior también ha sido cerrado moderadamente por una pared baja, en el centro se conserva el pozo a que alude la descripción de D. Diego Casero y algunos ombúes centenarios.

Las anchas paredes pulcramente encoladas, los viejos adobones del piso, las recias vigas de madera dura que sostienen el techo y soportan las galerías, el antiguo brocal del pozo, las añosas rejas voladas, los coposos ombúes, constituyen el ámbito material que da a este solar un sabor de autenticidad y un valor histórico que es nuestro deber respetar y preservar.

 

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